Momentazo Opinión

Amé intensamente por culpa de Hollywood

Hoy no toca hablar de ninguna película en concreto. Hoy esto va del amor.

En uno de esos viajes matinales en coche, alguien te «abre su corazón» de repente y te encuentras teniendo una conversación intensa.

Así que…

Flashback. Año 2007.

Interior día.

Eres universitario. Primer día de clase.

Y se sienta a tu lado una chica bonita.

Conectáis enseguida, tiene gustos parecidos (harto probable, estáis los dos en audiovisuales)… y tu cerebro empieza a funcionar.

El día transcurre mientras coincidís en las diferentes clases, os buscáis con esa necesidad de ver una cara conocida en un entorno nuevo (aunque sea conocida desde hace sólo unas horas).

Para cuando acaba el día y ya crees conocerla mejor, en tu cabeza ves hasta la boda. Quizá incluso has coqueteado con la idea de “¿a quién saldrán los hijos?”.

Te has hecho la historia completa.

La película completa.

Amor intenso de tres horas aprox.

Y a eso de las cinco de la tarde del lunes recibes un soberano zasca: Al final de la última clase la viene a recoger su novio.

Maldición.

¿Cómo puede ser? Las imágenes estaban clarísimas en tu cabeza. Cristalinas. No podía ocurrir de otra manera.

Y aquí estás, quince años después, con otra pareja, sin saber apenas nada de esa chica, nada más que detalles superficiales a través de las redes sociales.

¿Cómo puede ser? La amaste eternamente durante un día.

Maldita sea.

Y “maldito sea el cine”, le dije yo a mi compañero de coche tras contarme esta historia,  “sobre todo Hollywood que es quien nos ha criado, por implantar esas imágenes en nuestra cabeza”. Y ahí decidí escribir este artículo.

Porque también hemos leído libros con historias de amor, pero es Hollywood quien nos ha educado en ver historias completas en hora y media. Es Hollywood quien nos ha criado en la elipsis narrativa que lleva de una mirada, un primer beso, a la boda y la familia formada. Es Hollywood quien nos hizo creer que tras la primera chispa venía el fundido a negro y el amor eterno.

Luego ya conocerías historias de fracasos, los «Kramer contra Kramer» y los baños de realidad de Woody Allen sobre el cansancio en las relaciones de pareja.

Pero para entonces el daño ya estaba hecho. Ya estabas educados en el amor instantáneo.

Y así lo vivió mi compañero de coche.

Porque una perspectiva realista (o más oscura) de esa chica hubiera sido posible, quizá, si se hubiera criado viendo cine de Bergman. Pero la mayor parte de la educación audiovisual occidental se la debemos a los americanos, así que con esos referentes son con los que podemos contar. Al menos hasta que la vida nos dote de la suficiente experiencia.

Y aún asi…

Aún asi creo que sigue siendo inevitable ese proceso mental por el cual, al conocer a alguien que nos despierta un interés romántico nos acabamos montando, si no la peli, al menos sí el tráiler. Un tráiler con los que creemos que son los mejores momentos por venir. A pesar de la experiencia, ese proceso se sigue produciendo.

El cine no nos enseña la paciencia (excepto Michael Cimino).

El cine no nos enseña a disfrutar de una narrativa que se basa en «os habéis conocido, y mañana ya veremos…». La película sería muy larga, y la gente se aburriría, y para eso ya tenemos la realidad.

Pero a base de querer crear algo más divertido que esta realidad, se generan unas imágenes que se pueden convertir en algo real para la siguiente generación que se enfrente a esas imágenes.

Y ése es el fenómeno que me parece curioso, cómo una manifestación artística que surge de una reflexión, de una experiencia, influye a alguien que aún no ha tenido esa experiencia.

Cómo alguien se pone a hablar sobre las relaciones y el amor, puesto que ha pasado por eso, y su reflexión llega hasta otras personas que quizá aún no conocen esa experiencia de primera mano. Y que cuando tengan su primera experiencia, lo hagan influenciados por esa obra.

Amen ustedes intensamente por unas horas, están educados para ello.

Y ahora que acabo este texto, he recordado una reflexión similar, hecha por el genio Nick Horby en Alta Fidelidad, pero mucho mejor escrita que la mía:

 

 

 

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