Estreno

Disney, no me hagas llorar

Las expectativas con respecto a “Buscando a Nemo” estaban altas.

La secuela de, en mi opinión, la mejor película de Pixar, tenía la obligación de llegar a un “Notable“. Es lo que le exigimos a una película “Sobresaliente”. Que no sea tan buena pero nos recuerde por qué valoramos tanto la primera.

Y en ese sentido creo que cumple de sobra.

Dirige Andrew Stanton de nuevo, tras un “John Carter” algo flojo.  Y la técnica es, como siempre, apabullante. Lo que hacen con el agua, como queda claro en el cortometraje previo, está tan conseguido que parece imagen real. Ya no sé hacia dónde va a avanzar la técnica, una vez alcanzado el fotorrealismo. Supongo que volveremos a hacer el camino que hizo la pintura cuando apareció la fotografía, e iremos hacia la abstracción. Pero por ahora Pixar avanza más y más hacia esa apariencia perfecta de realismo. En “El viaje de Arlo” casi estaba, y aquí el “casi” se aproxima aún más. O quizá consiguieron llegar al fotorrealismo hace tiempo pero, con su buen gusto, siguen orientándose un poco hacia el cartoon por elección artística.

Jugaré con vuestros sentimientos

Pero más allá de la técnica está la historia, y quedaba comprobar si se podía repetir los aciertos de la anterior, cuya fuerza creo que consiste en tratar un tema muy bello (un padre preocupado por un hijo que sufre una minusvalía)  con una sensibilidad y un estilo impresionantes. Como digo, el resultado es digno de ver.

Pero creo que la película sufre por algunos defectos, como tener varios finales aparentes, aunque luego remonte muy bien, o tener que hacer todo algo más grande y más aparatoso (la secuencia del camión, algo innecesaria). Y sobre todo el que me pareció el mayor defecto, que es violar una de las “reglas no escritas” que se estableció en la primera parte.

 A partir de aquí van spoilers, pero como la película lleva ya unas semanas, espero que la hayáis visto.

La regla no escrita de “Buscando a Nemo” era que, por mucho que los personajes estuvieran humanizados, seguían comportándose como los animales en que se basaban. O sea, los tiburones querían ser buenos, pero seguían siendo unos depredadores. Y los peces payaso seguían viviendo en su hábitat natural, las anémonas. O un calamar al asustarse soltaba tinta instintivamente. Había una serie de instintos y conductas animales que seguían operando bajo sus personalidades, lo que contribuía a mantener la sensación de realismo. Este realismo sólo se rompía, con toda la intención, en la escena final de la red y los peces que se unen para tirar hacia abajo, hacia el fondo del mar. Esta escena, la catársis final, reforzaba la confianza de Marlin en Nemo, y producía un cambio en su relación.

Pero en “Buscando a Dory”, sobre todo con el personaje del pulpo, este realismo se va al garete desde el comienzo.  Todo lo relacionado con ese personaje, a pesar de ser muy gracioso y espectacular, chirría. La escena del camión se la debemos a él, claro, y por eso precisamente me sobraba completamente.

Sé que sería fácil argumentar en contra de mi teoría, la del pseudorealismo, pero para mí uno de los talentos de la película era esa sutileza, el no necesitar convertirse en “El espantatiburones” para reflejar el fondo del mar. Pero es que en el momento en el que apareció el pulpo y se empezó a comportar de forma tan “humana” me salí de la película, y ya no volví a meterme igual.

Es cierto que está llena de momentazos de soltar la lágrima, y que con el tema de la Dory Bebé y sus padres juegan con nuestros sentimientos como quieren (ya lo hacían con “Inside Out”), pero el personaje del pulpo conseguía recordarme que nada de eso era real, y para mí perdió parte de su fuerza.

Creo que sueno muy duro, pero en realidad me refiero a que en vez de parecerme un “Casi Sobresaliente” se me bajó al “Notable” .

“Buscando a Dory” la vimos, la disfrutamos y, seguramente, la volveremos a ver en nada.

 

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